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Instabook #2: ¡Happy Stories!

Estamos a puntito de finalizar el mes y os queremos proponer un juego...

Sabemos que sois muy juguetones, y que a muchos de vosotros os gusta escribir historias. Es por y para ellos a quiénes va dirigido este juego. Aunque los demás también podréis ser partícipes, disfrutando de lo que de nosotros salga.

El juego es el siguiente.
Entre quiénes se apunten, se creará una historia encadenada. El inicio de la historia se conocerá hoy, y el orden por el cual cada participante creará y (por supuesto) publicará su historia se concretará vía e-mail.
Para apuntarte solamente será necesario: enviar un e-mail a almasdeviento@live.com con tu nombre y la dirección de tu blog y ganas de escribir y compartir lo escrito.
Se rogará a los participantes que, cuando publiquen sus porciones de obra, enlacen al menos esta entrada (que iremos actualizando con los enlaces a todos los episodios).
Las participaciones serán de entre 600 y 800 palabras (si son 803 no pasa nada).
Si hubiera duda alguna, no dudéis en poneros en contacto con nosotros. Os atenderemos encantados.

Y, sin más dilación, aquí os dejamos el inicio de la historia...




Era temprano y las calles empezaban a desperezarse. Raiza esperaba frente a la puerta de la biblioteca con un café entre sus finas manos.
Había pasado mala noche. Entre sofocos y pesadillas, a penas había podido dormir un par de horas. Y ya hacía unas cuantas que vagaba por las calles a la espera de que abrieran las puertas de la biblioteca. A la espera de encontrar algo revelador en aquel edificio.

9’35 a.m.,
Se abrió la puerta. Al otro lado apareció un señor mayor con cara de haber dormido menos que ella.
Entró, y se dirigió directamente a la sección dedicada a arqueología. Los libros, cubiertos de polvo, parecían desperezarse con el soplido del aire condicionado contra los lomos de piel. Raiza fue directa al fondo del amplio salón. Allí reposaba una majestuosa vitrina.
La observó con detenimiento. Acarició con la yema de los dedos la puerta bañada en oro. Se aseguró que nadie más habitaba en el salón y metió la mano en el bolso. Una gota de sudor frío le recorrió la espalda. Finalmente se decidió a sacar una vieja llave y, mientras aguantaba la respiración, giró el cerrojo.

¡Voilà! La cerradura había cedido. Aquella vitrina que había permanecido cerrada durante siglos al fin se mostraba abierta. Y en su interior encontró un libro. Lo tomó entre sus manos y estudió cada detalle: los filamentos de oro, los remates de la piel. Aquel libro, al igual que las momias de Egipto, había sobrevivido bien al paso de los siglos. En la cubierta descubrió la forma hundida de un escarabajo, como si la llave para abrir aquel libro tuviera forma de insecto.

Aquello le recordó a Iaín. Le conoció un par de años atrás, durante un viaje a Egipto. Aquel hermoso joven que una noche se llevó al hotel siempre vestía un escarabajo de oro en su cuello. Él le aseguró que había sido un hallazgo, aunque la historia que le narró entre las sábanas se le antojó fanfarrona. 
Raiza siempre creyó que exageraba, que intentaba hacerse el interesante para llevársela a la cama.

Volvió a cerrar la vitrina y metió el libro en el bolso. No podía dejar que se lo quitaran y le robaran la autoría del hallazgo. Debía encargarse de llegar hasta el final de aquella cuestión por sí misma.
Salió de la biblioteca sin mirar atrás. Tomó el teléfono entre sus manos y, como por arte de magia, éste empezó a vibrar. Descubrió en la pantalla que se trataba de Iaín.

-¡Hola Raiza! -exclamó él desde el otro lado.
-¡Qué casualidad! -respondió- Ahora mismo pensaba en llamarte. Ha pasado mucho tiempo, ¿no crees?
Raiza recordó la última vez. Él dormía aún cuando ella agarró el bolso y cruzó la puerta. Había decidido guardar el número de teléfono, aunque no tuviera muy claro que lo fuera a usar alguna vez.
-Un poco, sí... -hizo una pausa- He estado muy liado, y pensé que tú...
-Jamás volvería. -sentenció Raiza- Pero bien, creo que tengo algo más importante que contar.
-¡Yo también! -interrumpió- He encontrado algo asombroso. Me gustaría que vinieras a verlo si fuera posible...
-¿Más que un libro encerrado durante siglos? -se quedó pensativa- Estaba pensando en ser yo quien te invitara a ti, pero un viaje no me vendrá mal.

Regresó al apartamento y buscó un billete en el ordenador. Encontró un vuelo a Egipto para aquella misma tarde. “¡Menuda coincidencia!”, pensó. Y preparó las maletas rápidamente mientras llamaba al servicio de taxis para que vinieran a recogerla.

Cerró la puerta con doble llave y se dejó llevar.
Una vez en el aeropuerto, se planteó ir a buscar un bocadillo para saciar el hambre antes de subir al avión. Le escribió un mensaje a Iaín: “En un rato salgo hacia el Cairo. Espero que seas caballeroso y me busques un buen sitio donde dormir”. 

Ahora sólo era cuestión de despegar...

And you? ¿Crees que sirve de algo escribir las tristezas?

Al inicio de la última adaptación de El Gran Gatsby nos encontramos con Nick Carraway, encarnado por Tobey Maguire, en una consulta. El terapeuta que lleva su caso le recomienda escribir sobre aquello que le afectó en su propia historia: Gatsby.

En nuestra vida nos encontramos con cientos de muros que creemos invencibles. Un desamor, el engaño, conflictos familiares, el acoso de compañeros de clase, la soledad, la falta de autoestima,... Todo adolescente siente, en algún momento de su existencia, una dolencia. 

En la literatura juvenil encontramos, una y otra vez, el reflejo de esos sentimientos. Los autores buscan crear personajes con los cuales los lectores se sientan identificados. Y eso, en realidad, es posiblemente lo que hace que una novela juvenil funcione: ese sentimiento de reflejo en las páginas del libro.

Pero... ¿Qué ocurriría si nos atreviéramos a escribir nuestra propia historia?
Por muchos es conocido que algunos autores que han pasado a la historia padecían miedos y fobias que se reflejaban en su escritura. De Charles Baudelaire nos cuentan que sufría complejo de Edipo, mientras Franz Kafka se inspiró en sus pesadillas para escribir La Metamorfosis. También los hubo adictos, como el alcohólico Charles Bukowski, o Hermann Hesse alegó que dedicó toda su vida en aprender sobre la espiritualidad. 
Todo ello, y lo de otros escritores, es algo que podemos comprender a través de sus obras.
Incluso Francesc Miralles, en alguna entrevista, ha admitido que los personajes de sus obras juveniles están inspirados en su propia adolescencia. También el propio autor me comentó sobre una novela no publicada que leyó acerca la anorexia, narrada por una chica que -suponemos- había vivido la experiencia.

Algunos terapeutas aconsejan a sus pacientes que escriban sobre aquello que les preocupa. En ocasiones que simplemente escriban. 
Relatos, poesía, ensayos o incluso una novela. La cuestión es vaciar del interior todas las dolencias y preocupaciones.

¿Crees que escribir ayuda a superar los traumas?

Nosotros creemos que sí. Escribir es un substitutivo del habla. Al teclear o trazar letras haces que ese sentimiento que corroe las entrañas salga al exterior, provocando la misma sensación que cuando alguien cuenta sus preocupaciones para sacárselas de dentro.

Cada persona deberá encontrar, pues, el qué escribir. A algunos les irá bien redactar un diario, a otro quizás le sirva componer un poema, los hay que incluso se inventen una novela. Tampoco no es estrictamente necesario plasmar lo que en realidad sucede en la cabeza, a veces se trata simplemente de plasmar la sensación en el papel. Podemos, si se da el caso, inventarnos una historia en tercera persona donde la protagonista se sienta triste por el motivo que nosotros lo estamos, o quizás que sienta simplemente tristeza aunque sus razones no sean exactamente las mismas. Con ello lograremos exteriorizar aquello que con la voz tanto nos duele. 

¿Y tú? ¿Te atreviste alguna vez a escribir tus tristezas? ¿Crees que escribir en momentos de depresión ayuda a la recuperación?
¿Te atreves a contarnos tus dolencias?